
No quiero ni pensar en qué ponerme porque no quiero ir. No me gusta ir a competir a donde sé que voy a perder. Ni siquiera me gusta hacerme la idea de estar en una competencia donde no tengo oportunidad de nada, donde no voy a salir bien parada. Donde los que ganan, lo hacen a mi pesar. O sea: cuanto peor estoy yo, mejor los otros. Y, en este aspecto, parece que es muy fácil hacerme quedar mal.
Se ríen de mí persona, de que no hablo mucho, de que parezco tonta. Nadie jamás me pide mi opinión. Quedo fuera de cualquier cuestión de índole social o grupal que no sea estrictamente laboral. Se burlan – adelante mío, claro- de mi ropa y de mi pelo. Me dicen que mis jeans son viejos. Se jactan de sus cuarenta kilos de peso, de su éxito personal.
En un momento en que el hecho de verse deseable a los demás es el escalón más valioso para el ascenso social, hacen bromas entre ellas diciéndome que me van a conseguir novio y se pasan horas enteras relatándome sus planes para casarse.
Yo, como de costumbre, no me defiendo. Me vuelvo a hacer la simpática, o la distraída, o la desinteresada, o la superada. Y me vuelvo a dar asco y vergüenza de mí misma.
Es como si hubieran transcurrido diez años en vano, sólo para el calendario.
Y yo, que salí de mi casa sintiéndome hermosa, que fui caminando desde la parada del colectivo sintiéndome en un video clip, a mí, que fui pensando que me podían esperar cosas increíbles en ese día, se me derrumba todo en cuanto digo hola.
Vuelvo oruga a mi casa. Me quiero meter en la cama y dormir todo el día. Porque no importa cuánto “batalle”, siempre sigo perdiendo.
¿Cómo no van a gustarnos las películas yanquis sobre la highschool, cuando nuestra propia vida es una secundaria permanente?
***
Dicen que el efecto de lo circular es que no avanza, que no termina. Ahí reside su encanto y su fatalidad. Uno se enfrenta a las mismas situaciones en las que fracasó y tras las que debería haber capitalizado cierta sabiduría, por así decirlo, para poder hacer las cosas bien en la siguiente chance. Pero hasta que no se sale del círculo, hasta que no se rompe el esquema. Que no se quiebra con saber sino con hacer.
No se trata de no aprender, “de tropezarse dos veces con la misma piedra”. Por el contrario, muchas veces sí hemos aprendido la lección pero no nos atrevemos a ponerla en práctica.
Si fuéramos inteligentes, podríamos alegar que no se trata de un destino, sino de una oportunidad. Si fuéramos inteligentes, primero, para darnos cuenta cuando se nos aparece adelante, y segundo, de no temer el repetir los errores del pasado y animarnos a elegir diferente. Pero no siempre las cosas se nos presentan de una forma tan esperanzadora. La mayor parte del tiempo somos tímidos, somos cobardes, somos conservadores. Digamos lo que digamos de la boca para afuera, parados entre los dos caminos que se abren, temblamos ante la posibilidad de equivocarnos. ¿Es instinto de supervivencia? ¿Es cobardía? ¿Es vergüenza?
Siempre que leía los libros de “elige tu propia aventura” me quedaba con gusto a poco cuando llegaba al final de la aventura que había elegido yo. Me parecía que me había perdido de algo, que había escogido las opciones menos interesantes. No me moría, pero no me pasaba nada excitante tampoco. Entonces, volvía sobre mis pasos e iba sobre la segunda opción. No quería que se me perdiera nada pero, al final, no me había movido de donde estaba. Deberían haberme avisado.
Ahora lo sé. Pero no estoy segura de si me voy a animar a ponerlo en práctica.