
Yo sé cómo me miró cuando entré. Venía transpirada de caminar las diez cuadras buscando un locutorio abierto.
Me había arremangado los pantalones del jogging y los había enroscado dentro las medias para no embarrarme
yendo por las calles de ese lodo arenoso recién llovido que a los cráneos del turismo les gusta denominar como
"una vuelta a lo natural". Lamentaba los charcos que tocaban mis Nike impolutas. Venía con una cara de culo
tremenda porque había tenido que interrumpir la no-rutina de mis vacaciones para mandar ese mail. Llevaba el
pelo atado con hebillitas, todavía sucio de salitre y de arena, de lo bien que la había pasado en el mar el día
anterior; todavía oliendome en la piel el bronceador de zanahoria, la libertad de no tener que vestirme ni
peinarme más que cómo o cuando yo quisiera.
Nada mejoró cuando, atrás del pibe de la entrada del ciber (quien ni se dignó a mirarme, justamente porque mi estilo cuajaba más con una Rosario Dawson en SWAT que con el de la minita que se le levanta la pollera cuando arrancan las carreras de Rápido y Furioso - menos mal-), ví el cartel que anunciaba que los quince minutos de esa conexión de tracción a sangre costaban un peso. De acuerdo: la mía no era la imagen misma del glamour. Pero, si no me hubiera sentido encañonada por aquella mirada, podría haber seguido sin que me afectara.
Se me ocurre que un locutorio atestado es lo más cerca que estaré, como mujer, de entender la lógica de los
mingitorios. El impulso de todos nosotros de husmear la pantalla del costado es irrefrenable. No queremos saber
ningún secreto, simplemente fisgonear qué están haciendo. En este ciber, para colmo, ya ni se habían molestado
en armar "cabinitas": era una especie de tabla alargada para los monitores y los cpu, otra para los teclados y
banquetas para sentarse. Ni siquiera un panelcito que dividiera un usuario del de al lado. Aún así, a muchos les había parecido la mejor opción para el infaltable "día feo" en la Costa, así que había muchos adolescentes despatarrados, niños correteando por donde se podía e incluso varios señores de bermudas ojeando el diario online con el pretexto de no volver a ese dos ambientes con su familia por un rato largo.En esa intimidad atrofiada, también es imposible no girar la cabeza ante el ruido del metal de las sillas corriéndose cuando a un recién llegado le asignan una máquina y debe a) ubicarla y b) llegar hasta ella haciéndose lugar entre los pasillitos apretados.
"La nueve", me indica el fan de Rápido y Furioso
El pibe de la gorrita roja, sentado en la máquina diez, jamás me hubiera mirado si no me hubieran tocado sentarme al lado suyo. Y viceversa. Tendría unos quince años, jugaba a algo en la pc y chateaba, todo a todo volumen. Parecía sacado de la publicidad de Doritos, la de los lentos, con una pizca de Néstor en Bloque. Había pasado suficiente tiempo dedicado a él mismo. A su estilo. Y, como los demás, tampoco resistió el impulso de mirar cómo era la persona que se iba a ubicar a su derecha.
Repito: no se trataba de la mirada de nadie que importara en mi vida. Por eso mismo, fue una mirada descarnada, sin compromisos. Honesta. Ese pendejo me miró y reflejó en la cara lo que sentía, desde donde lo vió: qué triste, pobre piba, que desastre que es, fuera de mi nivel... la lista podría seguir, sobradora, entre risitas.
Ya conozco esa mirada. Es devastadora. Y la suelen mandar las minas. Pero cuando te mira así un pibe, de la edad que sea, se te viene todo abajo. Te sentís ínfima. Menos diez. Estás de vuelta, sola, a un costado del patio del colegio rogando que el recreo se pase rápido. Estás de vuelta, bajo las luces amarillentas de un probador intentando lo imposible con un pantalón que es dos talles más chico, y con una vendedora de cuarenta kilos a segundos de descorrer las cortinas y preguntarte cómo te queda. Hay una regla: si el halago de un varón gay vale doble ("no te lo dice porque te quiere levantar"), la mirada desmerecedora de un varón heterosexual también vale doble ("porque ni que fueras la última mujer sobre la tierra..."). No esperás que todos los hombres se den vuelta a chiflarte por el hecho de que no sos merecedora de tanto escándalo, pero por el otro lado, nadie te prepara para que ningún pibe te mire así (sobre todo si es alguien en quien carecés totalmente de interés).
Como ya venía bastante desequilibrada (basta con volver a mi descripción del principio), me tenté en la idea de
defenderme. Me sentí amenazada. Amenazada por no ser. Me pasé la mano por el pelo engrasado y ví que, para eso, ya era tarde. Fui a youtube. Busqué un video de Magazine For Fai. Otro de Peter Capusotto. Y los prendí con el suficiente volumen para que el ignoto pibe, que seguramente ya se había olvidado de mi presencia, los pudiera oir. Quería que se fijara que aunque era un escracho, podía tener sentido del humor. Que podía ser "copada", "tener onda". Que no me importaba qué pensara de mí. Que así era yo. Que no era como él - o, mejor dicho, como las chicas que podría mirar él- sólo porque no quería. Después, escuché que el pendejo bajaba el volumen de su compu. Se sonreía con los videos y me bastó. Me retiré ridícula y triunfante. Por supuesto que era, como diría Woody Allen, una loca con una bolsa de papel, parada en una esquina, gritando sobre el comunismo. Una enajenada total: peleándose contra nadie por nada.
Tiene que ver con lo que llamo "la filosofía Bender": cuánto es capaz de ponerse en ridículo uno mismo con tal de
agradar a un montón de extraños.
Esa misma noche tuve una visión: una escena de mí misma, a los cincuenta y pico de años, vestida demasiado
ajustada, o demasiado pintada. Escuché el clinclin de mis pulseras y las capas de esmalte color coral cubriendo las
uñas quebradas. Gastando mucho en ropa de pendeja. Me ví falsa, esforzada. Cansada de tratar demasiado
y, no obstante, atravesada por las miradas impiadosas de un grupo de adolescentes con look tuvecinita que no tienen una forma no hiriente de decirme que me estoy poniendo en vergüenza. Se me cruzó la publicidad de la madre que interrumpe el truco con amigos del hijo cuando aparece con un casete para recordarle al nene cuando bailaba al ritmo de Los Parchís. Me acordé del abuelo Simpson explicandole a Homero que, algún día, cambiaría la onda y él también dejaría de ser buena onda. No me gustó nada en lo que me estaba convirtiendo.
Y entendí finalmente esa frase de Bill Cosby: "No sé cual es la clave del éxito, pero la clave del fracaso es intentar agradar a todo el mundo".