
- ¿Tenés alguna costumbre sibarita? ¿Qué te parece la cuestión gourmet?
- Alan Pauls: Me gusta comer bien. Me gusta comer cosas desconocidas. Me gustan el mezcal, el risotto, el jamón crudo, el pan negro. Si la tostada se enfría antes de untarla con manteca, la devuelvo y pido que me traigan otra. Me dan risa las ínfulas con las que la gente sostiene desde hace un tiempo la copa de vino. Todas las mozas de restorán me parecen sexies, pero odio a las te miran con cara de otro porque "ne realidad" estudian Historia del Arte.
Con el juicio que le gané a (Miguel) Brascó por echarme de la revista gourmet pionera Cuisine & Vins, donde me desempeñaba como redactor, me compré el VWGol Power cuatro puertas a bordo del cual voy a veces a comer a los restoranes donde la gente que sigue a Brascó al pie de la letra alza con ínfulas sus copas de vino y se jacta de ignorar a las mozas sexies que no estudian historia del arte.
(...)
- Has hablado de agotar todo con una misma mujer, de la inutilidad de los romances de verano. ¿Sos de los que pueden decir "pongo todo en una relación?
- AP: No juzgo nada: digo, simplemente que no va conmigo esa actitud administrativa que consiste en "aprovechar" el ocio del verano para ensartar dos o tres maripositas, y agregarlas a la colección. No tengo la curiosidad, ni la cintura, ni la versatilidad, ni las papilas gustativas, ni la voracidad desencantada que exige el donjuanismo. Como sucede con los buenos secuestradores, en mi colección siempre hay un ejemplar por vez. Un plomo total o un degenerado, según como se vea.
- ¿Aspirás al sosiego en una relación o te gusta que haya cierta tensión?
- AP: Necesito que haya tensión. El amor fofo es la peor pesadilla.
(...)
- Luis Buñuel decía que agradecía haber llegado a ser viejo porque el sexo había dejado de obsesionarlo. ¿Qué lugar ocupa ahora para vos?
- AP: El sexo es ahora lo que siempre fue: una cosa muy extraña, llena de equívocos y supersticiones, que se vende como natural y en rigor es 100% cultura.
Alan Pauls, entrevistado por Nancy Giampaolo en la edición #29 de Playboy Argentina.
(¡Cómo se puede seducir con tres palabras!)
********
Update:
"(...) La vida cotidiana –dicen– dispersa el deseo; la pieza de hotel lo concentra. A fuerza de estrés, alienación y vértigo, el día a día erosiona el placer; el hotel, como si fuera un laboratorio, lo aísla y lo purifica, devolviéndole las propiedades que lo hicieron famoso: su perseverancia y su ceguera, su capricho y su irreductibilidad. De todas las proposiciones lúbricas con las que nos tienta –espejos, videos porno, consoladores, hidromasaje, ese potro curvo, forrado en cuerina, que invariablemente nos contempla con soberbia–, hay una sola que es verdaderamente eficaz: el encierro. Porque el encierro es el mejor afrodisíaco; nos corta del mundo –de ese magma indolente o aciago que es el mundo–, reagrupa nuestras fuerzas, hasta entonces atomizadas, y las somete al imperio de un solo afán: gozar. Nos encerramos en un cuarto de hotel y –no importa con quién nos hayamos encerrado– somos automáticamente clandestinos; y ya se sabe que si hay una droga a la que el deseo es sensible, ésa es la ilegalidad. Y después están la iluminación artificial, las plantas de plástico, las falsas cascadas, los aromatizadores, las ventanas de paño fijo, la higiene de la rotación permanente, la falta de huellas; es decir: todas las claves, a menudo despreciadas en nombre del “buen gusto”, la “calidez”, la “humanidad” o incluso la “naturaleza” (como si hubiera algo más contra natura que el placer), que hacen del hotel el espacio extraterritorial por excelencia: un lugar de puras posibilidades, donde las leyes del mundo se suspenden y son reemplazadas por otras, desenfrenadas o cándidas, perversas o convencionales, que rigen la única dimensión en la que no hay otro rey que el deseo: la ficción. (...)"