
( I )
Entre saber y no saber: siempre, saber.
Es abrazada a ese convencimiento ciego de que siempre es peor aquello que se ignora que deslizo las rueditas de la silla hacia el box de al lado cuando ella se levanta, justificándome ante nadie en voz alta con que el sistema en mi máquina no funciona. La tentación es demasiada: no me permito no saber. Su casilla de mail está ahí nomás. Por fecha, no. Por título, complicado. Por destinatario, no hay tiempo. Late el botón de buscar arriba a la derecha y cuando puse las tres letras de la dirección de mail de él, y la lista se empieza a desplegar, ya es demasiado tarde.
Y es ahí que soy única testigo de lo que -pienso- por un momento, hubiera preferido que quedara en mi larga lista de miedos irracionales y de paranoias permanentes, pero que sin embargo no me animo a no saber.
Ojeo algunas frases sueltas - primer golpe: sí, habían estado cruzando mails-, no me atrevo a mirar demasiado, mitad por cobardía, mitad por temor a ser descubierta ( y no poder terminar ). Así que hago lo que me parece más lógico: reenvío a mi casilla, con posterior borrado de evidencias en máquinas propias y ajenas.
En unos minutos tendré oportunidad de leer y reconstruir esas palabras que fueron y vinieron en días anteriores. Texto desprolijo, con faltas de ortografía y exceso de signos de admiración que circuló conmigo sentada en el medio, creyéndome que finalmente había sucedido: que le podía gustar a alguien, que tenía oportunidad.
Todo para darme cuenta de que no, de que el worst case scenario que nos dicen que imaginemos cuando queremos tomar valor para enfrentarnos a lo que nos aterra, está ahí, enfrente mío, burlándose en arial negrita número 10.
Saber, también, que es sólo un desencadenante.
( II )
Primero, es como un cosquilleo que va trepando por los dos costados de la espalda, como una enredadera de calor que sube hasta atrás de las orejas. Para cuando llegue a la punta de los dedos, ya habrá comenzado. Ahí ya pensás que tenés la cara púrpura y que todos a tu alrededor se dieron cuenta.
La alfombra azul oficina parece crecer como pasto. Al lado de la ventana es insuficiente el aire cuando el ahogo viene desde adentro. La boca se empieza a sentir pastosa y el saber lo que se avecina -el recordar esas veces anteriores, donde parecía que las puertas del zoológico se te venían encima y que las luces de los autos por Sarmiento no eran luces, sino olas amarillas de las que no podías escapar porque tenías los pies amurados al suelo, por ejemplo-; eso lo hace aún peor, ya se adivina irremediable.
El siguiente paso es la necesidad física de salir de donde estás. A donde sea. Con lo puesto. "Me siento mal, bajo un minuto", tirás aunque nadie te oiga y quien sí lo haga se sorprenda sin entender demasiado. Ya sentís las manos coloradas y frías a esta altura; en el pecho alguien te puso una gigantesca bolsa de consorcio que se llena y se vacía en milésimas de segundo. Hay que abrir la boca, una O, para llegar a expulsar el aire. Respirás con fuerza, hinchando los cachetes como un angelito renacentista a punto de salir volando.
"Afuera" no ayuda. Hay autos, colectivos, taxis, gente y más gente y ningún lugar donde resguardarse de todo lo de adentro que se te está escapando por los poros.
Te das cuenta que estás poniéndote muy nerviosa en la puerta del lugar donde te van a ver todos los días y decidís salir corriendo y, aunque sea, doblar la esquina. Secándote un sudor inexistente de la frente y apretando las uñas contra las palmas de las manos, te encontrás, no sabés cuánto tiempo más tarde, hecha un ovillo en el ventanal de una casa de electrónica. Y aunque hayan pasado unos minutos, te sentís en la obligación de volver antes de que la vergüenza se duplicase si preguntaran por tu paradero.
Ese ímpetu te lleva, de a pasos cerrados y con los puños tensos, sólo hasta el baño del primer piso. "Cambiar la temperatura del cuerpo", recordás de algún lado, de alguno de esos instructivos para morigerar el momento que consumiste de golpe cuando esto era un fantasma de todos los días. Por la mente pasa de todo y nada al mismo tiempo; incluso, que esto vuelva a ser un fantasma de todos los días. La canilla con el agua helada te golpea las muñecas, chorreando alrededor, pero vos sabés que lo peor aún no pasó.
Volcás el cuerpo sobre la bacha empapada, bajás la cabeza y la respiración se hace tan fuerte que es ahogo contenido, suspiro, viento, huracán. Imposible que no se oiga. Así que ahora estás secándote las manos con el papel ese amarronado que ponen en los baños, mientras le explicás a quien que te acaba de encontrar en ese estado, con los ojos vidriados, que tenés que esperar que se te pase, que te estás tratando de calmar. Esa persona llamará a otra y tendrá lugar una seguidilla de buenas intenciones, de conocidos y desconocidos que te preguntan cómo te sentís, si ya estás mejor, que te ofrecen pañuelitos, tés, vasos de agua, lugares privilegiados bajo el aire acondicionado, que no te dejan sola. Te sorprendés encontrando el acompañamiento desinteresado de quien no lo esperabas, que te hace quedarte al lado suyo hasta la hora de la salida y que, tras la puerta cerrada, te confesará que guarda medio alplax en su cartera por las mismas situaciones.
Y vos no podés apreciar que se están preocupando por vos , en parte porque es una característica tuya, en parte porque estás tratando de -lo imposible- pasar desapercibida en cuanto están comenzando a menguar los nubarrones. Dirás que es una crisis de ansiedad, por ponerle un nombre que no espante a la gente ni que suene a moda. Por no llamarlo pánico.
El próximo rato repetirás eso a quien te lo pregunte: hay que esperar que se pase, como un ataque de asma. Pero vos sabés que el pánico no es asma, y que la culpa de haber sido el centro de atención de la oficina las últimas dos horas hay que buscarla en lugares de acceso un poco más difícil que los pulmones.
( III )
Intentar contener el llanto cuando ya se escapa de lo racional, es frustrante. Parece que cuanto más tratás de no llorar, más se hincha el nudo de la garganta, más se humedece la mirada, más se pierde el pudor.
Si llorar en público produce vergüenza, volver en un viaje en colectivo de una hora, cubriéndote el rostro empapado con un carilina arrugado y los auriculares puestos, es terrible. No sentís que todos te miran porque realmente es así. Nadie, no obstante, se atreve a cruzar la frontera de la civilidad y preguntarte qué te pasa, así que las miradas que te recorren de arriba hacia abajo se te clavan en la nuca.
Decí que de este lado de la puerta te esperan mamá, como siempre lo hizo -papá llegará un poco más tarde, como antes-, medio rivotril de 2 mg, como hace bastante que no sucedía y esa hermanita, cuyo cariño y ganas de ayudarte casi opacan el miedo que le produce verte de nuevo así.