Los fines de semana son una mierda.
Corrección: mis fines de semana son una mierda. Desde que empezaron las clases, la semana (que, no me hagan empezar con el tema de que por cinco trabajados "culturalmente" o lo que sea, nos corresponden dos de "descanso") está cubierta por completo. No hay espacio para la flexibilidad de horarios, de actividades, de nada. Si se hace una salida tiene que ser el viernes, para que deje un día a dormir. Salir el viernes implica continuar el día en una ronda de 24 horas sin parar y sin pasar por casa (me despierto a eso de las seis y media - normalmente con no más de dos o tres horas de sueño porque el taller de ese día implica entregas, así que me quedo despierta aún más de lo que mi insomnio "natural" permite; tengo trabajo-curso-facultad, de la que me voy a las nueve de la noche a donde tenga que ir, porque si vuelvo a casa a cambiarme, ya no salgo más).
El "finde" en el que la gente normal, no sé, sale a tomar algo, a una plaza a tomar mate, al cine, a comprar ropa, o a lo que sea que hace la gente normal, en mí se divide en a) un sábado para el que tengo planeadas decenas de cosas -desde ir al gimnasio y estudiar a comprar ropa o ir a sacar fotos- y que jamás hago porque quedo físicamente desmayada en la cama aunque no haya salido la noche anterior (y sí salí, ahí estoy, recuperándome como si tuviera sesenta años) y b) un domingo en el que me la paso encerrada en el dormitorio estudiando, leyendo todo lo de la semana (que, en un día hábil, nunca llego a tiempo a preparar), preparándome las cosas para el día siguiente y, cuando me quiero dar cuenta, son las once y media de la noche y no ví ni un capítulo de una serie; ni hablemos una película.
(No hay conclusión del texto; está al principio).
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