Una de las cosas que me rompe las pelotas cuando, por algún motivo, releo este blog, es darme cuenta de lo amargas que son las cosas que escribo y lo sincera que soy cuando las escribo.
Yo no soy así todo el tiempo, pantalla para afuera. O por lo menos, mayormente fuera de mi casa. Por el contrario, allá ("allá") me río de todo y de mí, trato de no mostrar toda la infindad de pequeñas cosas que me molestan o que me dan asco y trato de calibrar las acotaciones freaks (en especial, las que son sobre mí misma) de manera que no pasen de ser más que una nota de color en el personaje.
Allá, ahora me doy cuenta más que nunca, soy personaje.
Toda esta parte "emo", amargada, desesperanzada, insegura y molesta, terminó cayendo acá - y secando todo a su paso- porque no tenía cabida en ninguna otra parte de mi vida.
¿Por qué? Porque cuando era sincera con ese tipo de cosas todos querían que tuviera gente alrededor (amigos, lo que sea) y no tardé mucho en darme cuenta que la gente, por más que te quiera, que se interese por vos y que quiera ayudarte, no está dispuesta a escuchar toda la mierda que llevo adentro. Si voy a criticarme, no están dispuestos a escucharme a menos que lo haga con un poco de humor.
Celebran la honestidad como valor, disfrutan de las salidas ingeniosas en el cine o en la tele, pero en persona las críticas los descolocan, se ven en la obligación de ofrecer ayuda -aunque no lo quieran- si te ven mal.
No quiero que suene a un "elogio de la tristeza"; solamente hay que reconocer que no hay mucho lugar afuera para la timidez, el miedo, el silencio, la angustia. Hay que taparlas, disfrazarlas hasta que se borroneen y se confundan. Y no estés demasiado segura de qué yo se parece más a vos.
Terminás sintiéndote también una mierda por desconfiar de los demás, asumiendo que el resto está haciendo la misma que vos, incluso de los que quizás sí se te estaban brindando con sinceridad.
Es un tema recurrente con la nueva psicóloga. En la primera sesión - en la que también fui brutalmente honesta (con ella y conmigo), situación a la que pudo haber colaborado el hecho de que fumé un poco antes de ir- ella después me recordaría que dije la frase "me la paso engañanado a todo el mundo". Un par de semanas después, no sé por dónde iba la conversación, pero me sentí obligada a citarle la frase que había visto en Los Soprano la noche anterior (“No man, for any considerable period, can wear one face to himself and another to the multitude, without finally getting bewildered as to which one is true").
No sé bien cómo explicarle que ya probé las dos maneras, y al final, las opciones parecen reducirse a que no me soporte nadie o que no me soporte yo misma (y perdón por la horrible formulación de esta última oración).
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