Parece que uno de los puntos que caracterizan al blog como formato -que la periodicidad de las publicaciones sea a gusto, sin deadlines- a mí me termina jugando en contra: al sentir que no tengo nada que decir o que me pasaron muchas cosas y no sé por dónde empezar, en cualquiera de los dos casos, no escribo nada...

Desde hace algunos días me da vueltas en la cabeza el tema de la desigualdad. O mejor dicho, de la distribución desigual, de la falta de equilibrio. Lo desparejo parece ser la constante por lo menos en mi vida; el punto medio es una excepción que se desprecia por tibia y se ignora por considerársela una estación intermedia.
Me pasaba en el pico de lo que estalló como enfermedad y que, con poco o ningún sustento médico, me animo a decir que para mí es una condición, una característica de mi persona. Porque el tema con el transtorno de personalidad bipolar está más claro con el otro nombre: maníaco-depresiva. Justamente eso: no hay punto medio, es un extremo o el otro, siempre saltan de una melancolía demoledora a una efusividad sin límites. Y el problema no es que tengan todos esos sentimiento juntos, sino que aparezcan sin aviso uno después del otro.
Los períodos de "buen humor" o "mal humor" son, seguramente, los que quedan ahí más en evidencia, como resabios o como puntas del iceberg de aquellos años- según el ánimo con que los mire.
Pero ya no en el ojo de esa tormenta (que con su paso violento se llevó puestos recuerdos, detalles y, sobre todo, estrategias para comenzar a darme cuenta del momento ese, que pasa casi desapercibido y que le da click al otro extremo. En el orden que sea), la desigualdad sigue siendo la única constante en mi vida.
Recuerdo períodos de tiempo importantes en que me pasaba las tardes durmiendo, otros no tan distantes de agenda completa en las que llegaba a casa después de catorce horas afuera sin más que un yogur en el cuerpo, noches sin dormir por motivos menos glamorosos que los que nos venden las estrellas de rock; mucha gente, nada de gente. Me puedo sentir amada o muy sola, nunca algo intermedio. Quiero pasar completamente desapercibida o quiero ser el centro de atención y me muero si no es así. En meses me deshice -yo sola- de unos veinte kilos, de golpe. Frecuentaba gente que me decía, sin ironía, que a pesar de haber estado compartiendo un espacio conmigo por años, no me conocían la voz. Mentí mucho, sobre cualquier cosa, después me quedé callada, un poco más adelante me acerco a decir lo que me parece -el pensamiento de escalera se hace menos recurrente y se da, sobre todo, cuando quiero pensar mucho una respuesta sencilla-, aún con la posibilidad de desubicarme. Silencio. Gritos. Sensibilidad extrema, desamparo, contención, etapas enteras comfortably numb y de numb sólo. Y así...
Ahora, por ejemplo, después de varios meses de casi aislamiento afectivo - a falta de una palabra más triste y menos adecuada-, estoy encontrándome con situaciones que por su intensidad o por lo juntas que llegaron en el tiempo, me toman por sorpresa, me desestructuran, me desafían.
Todavía no estoy segura si podemos hablar de que estoy obedeciendo al deseo (aunque sea, al deseo de intentar cosas nuevas o que creía olvidadas), pero seguro que algo de eso hay.
Pero no es sólo esto. Miro cualquier situación y las mejores cosas no están bien repartidas: las oportunidades -desde el sentido más técnico de la sociología, la economía, las estadísticas, hasta el concepto de la suerte, de esa gente a quien siempre se le presenta una buena oferta. Claramente, los valores no están bien repartidos
La Belleza está significativamente mal repartida; aún en una misma persona, en diferentes momentos de su vida. El sentido del humor. La inteligencia. La capacidad de relacionarse con los demás. El autoestima; por supuesto. El talento. La Suete. Y, como decía, los momentos en que no pasa nada o pasa de todo. Lo que uno da y lo que recibe.
Ni siquiera los climas ya están bien repartidos... y así podría seguir al infinito, porque todo lo que veo me suena inusto, parcial -aún si gano yo en esa diferencia.
Sé que de todo esto surge la variedad de las personas, la diversidad -extrayendo esta palabra de su uso vulgar, político-, pero simplemente pasa que a veces uno cae en la cuenta que hay algunos a quienes les sirvieron de más de varios de los anteriores. Y para una persona como yo, que enfrenta una batalla permanente con la envidia (también acordándome de esa frase que tanto sentido tiene y que dice que la envidia es como si uno tomara veneno y esperara que el otro se muriera), en un mal día, son golpes abajo del cinturón.
Viendo que me fui para cualquier lado, y para que no se me olvide, apuro la conclusión de que, quizás, y a contramano de lo que nos quieren enseñar, el buen equilibrio, el punto justo puede no ser un lugar a donde se deba peregrinar necesariamente. Puede no ser lo correcto. Y esto implicaría repensar muchas cosas en mi estructura, que se orienta o por lo menos eso trato, hacia lo correcto.
Pienso, de repente, que debería alcanzar el tiempo para todo, pero distribuido de la manera en que más placer nos de. Que eso sería hacer lo correcto.