miércoles 25 de marzo de 2009


Me encanta Chloe.
Me encanta Nikki.
Y me encanta Big Love, no puedo parar de verlo.

lunes 23 de marzo de 2009



LOST me está enfermando: ya no solamente hablo con la compu cuando lo veo o espero que baje como si fuera un mesías semanal; ahora también veo conexiones y semejanzas afuera de la tele (en eso que dicen que es la vida real) y me sorprendo elaborando teorías, pensando qué haría sí, defendiendo personajes...

No tengo vida. No me importa.

Lo amo ( L ) :P


Lo que tiene demorado el tuneo de mi curriculum, y su consecuente envío a las dos o tres ofertas que de verdad me interesan, no es la parte formal, sino esa sección del perfil donde tengo que presentarme y poner qué cosas sé hacer bien.
Parece que tarde muchísimo en darme cuenta que la mayonesa se llama "deleite" porque es "de leite" (de leche).
Fumar me hace deconstruir más que de costumbre.


Y acá la prueba de lo que sospechaba: se vende la misma (con la misma publicidad) en Brasil, obvio.
En El Talentoso Sr Ripley, Marge define a Dickie de una forma que, desde que ví esa película, no me pude olvidar. Dice de él:

" The thing with Dickie... it's like the sun shines on you, and it's glorious.
And then he forgets you and it's very, very cold.
(...)


When you have his attention, you feel like you're the only person in the world, that's why
everybody loves him so much."

Desde hace algunas semanas, reanudé contacto con una persona a quien esa definición le funciona mejor que un retrato. Quizás no la parte de que todo el mundo lo ama, pero sí todo lo demás.

No estoy segura qué siento al respecto: si es interés, atracción, si me siento halagada de tener algo de su atención... no sé. Estoy dejando que las cosas se desarrollen como salgan - a la luz de ciertos acontecimientos, tampoco permito que me desborden las expectativas de ningún tipo-, sin darle demasiada seriedad al caso, y trato de ir aprendiendo sobre la marcha cosas que, siempre supongo que ya debería saber desde hace rato.
Así las cosas, además, saber que me provoca esta misma sensación que a Marge le generaba Dickie, y no hacer nada para amortiguarlo, no puede ser bueno.
O, tal vez, lo vea de manera distinta si recibo un mensaje de texto de su parte, sin motivo aparente, en los próximos cinco minutos...
Uno quisiera que un proyecto como el blog excediera los estándares del diario íntimo.
Pasa que terminan siendo más las veces en que las cosas que tengo para decir me importan a mí y solo a mí... y tampoco tengo dónde o a quién más decirlas... o si son cosas para compartir en voz alta, aunque sólo sea por lo poco interesantes que son.
Quizás tenga que ver con el hecho de que tengo como "baches" en momentos de mi vida en los que -dicen- estaba pasando cosas muy intensas, y de los que recuerdo poco y nada, o no los recuerdo tan graves, o los tengo bien guardados por las dudas, pero noté que, últimamente y cada vez más, me insume tiempo y energía guardar cosas.

Es una característica de mi personalidad desde siempre, esta vocación por el archivo. Permanentemente tengo miedo de tirar algo que me pueda servir o que después no pueda encontrar. Otras veces tengo una duda -muy tenue y muy lejana, pero lo suficientemente válida para que me deje pensando-, de no acordarme de las cosas que me pasan, o no en su justa medida. Es así que de lo que escucho trato de que no se me pase nada y, de lo que vivo, siempre me quiero llevar algún souvenir.

Y no me refiero solamente a objetos, a cuestiones materiales. Ideas, imágenes, sensaciones, redes. Conexiones. Cosas que me hacen acordar a otras cosas. Frases que imagino que podrían tocar tangencialmente otro tema. Asuntos sobre los que me quiero sentar a pensar, y nunca lo hago, la mayoría de las veces porque me olvido qué quería pensar sobre ellos.
Tuve cajas repletas de recortes de diario, me acompañan pedacitos de papeles con notas todo el tiempo, tuve una etapa de anotar cualquier cosa en cualquier parte, con cuaderno y birome en la parada del colectivo, sólo para llegar a casa con un montón de garabatos que no tenía muy claro qué me habían disparado un par de horas antes. Y no salgo con la cámara de fotos a la calle, primero porque me da un poco de pudor sacarle fotos a ciertas cosas que me llaman la atención (sobre todo, gente, desconocidos a quienes sé que atravieso con la mirada) y después, por cuestiones prácticas (mi cámara está regulada por las leyes de Murphy, siempre).

Por momentos siento o que puedo olvidarme de eso que estoy viendo, escuchando y lo tengo que registrar; o que lo que tengo enfrente podría servir más adelante para algo, y podría correr el riesgo de no encontrarlo cuando lo busque (sí, ya sé, todo prolijito, a mano y bajo mi organización).

Sí, muchas veces se interpone con la experiencia. Pero, al menos, siempre tengo algo a partir de lo cual recordar. Y sabemos que la memoria es más lo que uno construye del recuerdo que la materia con la que se trabaja ese sentimiento, y que es por eso que varios podemos tener diferentes memorias de un mismo hecho vivido.
Haciendo una relación libre, también debe decir algo de mí (probablemente, nada demasiado positivo: debe decir fantasiosa, manipuladora, controladora...) esto de que prefiera mi construcción de la experiencia por sobre la experiencia misma.

Ahora, por ejemplo, me ví obligada a poner esto por escrito.

lunes 16 de marzo de 2009


Me alegra, pero tampoco me deja taaan tranquila que, a mitad de un día súper ocupado como hoy, me asalte esa sensación de adrenalina y me sienta Annette Benning cuando prepara la casa para vender en Belleza Americana.
Empecé a ver Big Love y lo primero que me viene a la mente es:
(a) que quisiera ser Nicki, pero en realidad temo ser más como -o que me vean más como- Margie
(b) que sería cuestión de probar

domingo 15 de marzo de 2009

Mary Kasurinen hace esculturas geniales con Mi Pequeño Pony. Las quiero todas.
Están todas acá: http://www.marikasurinen.com/sculptures_main.html

W.


W., de Oliver Stone, es un gran ejercicio sobre la imagen de una figura ultra-pública como es el caso de George W. Bush. Porque, al empezar una película de este tipo, la cuestión parece ser: ¿qué le mostramos al público para interesarlo, qué le contamos que ya no cree saber sobre alguien que está al escrutinio de los medios todo el tiempo desde hace años? ¿qué puede -o cómo- puede interesarle a la gente la vida de esta persona a quien conoce en tiempo real y de la que parecieran no quedar secretos?

Además, las biografías de la gente muy famosa y viva, son problemáticas de por sí. Siempre existe la posiblidad de encontrarse con alguna declaración anacrónica, como me pasó a mí leyendo un libro viejo sobre Mia Farrow, en la que se alegraba de finalmente haber encontrado la tranquilidad para siempre junto al hombre que amaba... Woody Allen.
Bueno, Oliver Stone le encuentra una veta: decide hacer la película sobre la vida de un tipo común, no de muchas luces pero sí de una memoria y una capacidad de relacionarse destacables, sin ningún talento ni aspiración en especial; la historia de un chico mimado que quería -y quién no- pasársela de joda toda la vida y de las circunstancias que fueron marcando su camino hacia la presidencia de los Estados Unidos, aún sin que él lo imaginara.
Hay varios temas que recorren cada una de las experiencias que W. vivió y que dicen algo de él con respecto a cómo actúa ahora, pero sin dudas la principal es su relación con su padre. Un tema que Stone aprovecha hasta rozar el desgaste, pero que no teme considerar como fundamental para el retrato del presidente. Porque, para Stone -a diferencia de, por ejemplo, Michael Moore en otro género- no le importa tanto cómo llegó hasta ahí en cuanto a los votos, al hecho político, sino a cómo llegó él como persona. Stone enfatiza que W. siempre se sintió infra valorado, especialmente por su padre, a quien ni siquiera como Presidente de la Potencia Mundial siente que puede conformar.
Resalta, también, que su candidatura fue la opción menos esperada incluso para él, y que en ese esfuerzo por intentar contentar a otro, se olvida que se hubiera ido a dormir tranquilo "simplemente" manejando un equipo de béisbol.
El poster que más me gusta es el de los zapatos sin usar sobre el escritorio; es muy expresivo.

Cómo uno no va a poder identificarse con algo así. Al fin y al cabo, han hecho manuales de psicología -barata y de la otra- con menos que eso.

Acá W. es biopic en su costado puro, y a esa mirada pertenecen los mejores momentos de la película. Josh Brolin nos hace olvidar que es Josh Brolin y que Bush es Bush (y no sólo él: las caracterizaciones son impecables, difíciles por esta misma exposición de figura pública, jamás al borde del sketch de SNL). Y también lo despolitiza un poco, porque la relación padre e hijo hubiera sido igual de conflictiva si, en lugar de ser presidente de Estados Unidos, la película hubiera sido sobre un pibe que hereda una fábrica de salchichas.
No obstante, su mayor logro probablemente sea que si nos dijeran que ese que se retrata es otro y no el George que hemos aprendido -y con motivos- a despreciar, hasta hubiéramos podido sentirnos cercanos a él. No porque lo justifique; al contrario, la película parece evidenciar su costado más infantil, más tribunero, más incapacitado, más crédulo, aún sin hacer de él una caricatura.
Pero decía Freud que no había necesidad tan fuerte en la infancia como la protección de un padre, y es quizás por eso, que en la película nos cuesta ver a un GWB adulto, un déspota.
Como película, hace un poco de agua sobre todo en las partes en que se presentan las discusiones de gabinete, sobre todo con respecto a la invasión en Irak, que se encargan de explicar como en un manual para quinto grado. Porque Oliver Stone se esfuerza por hacer la película no política de Bush - o la película sobre Bush y no sobre la administración Bush-, y no sabe bien cómo incluir esa parte de "basada en una historia real" que le exige el verosímil. Ahí se vuelve correcta, verbalizada, aburrida; y es verdad también que, a excepción del protagonista y de Bush Sr., el resto de los personajes no están demasiado trabajados. Y Oliver Stone -como yo- siempre comete el error de contar en veinte minutos lo que podría expresar en dos.

Pero en su conjunto, cuenta una historia que se mantiene interesante por fuera de los hechos políticos (si eso es posible), que no necesita del conocimiento de la realidad de los últimos veinte años para entenderse y disfrutarse, y sobre todo, que nunca deja de ser cine.
Reflexionar sobre qué dice eso del realizador y de nosotros mismos, es otro tema.
La frase es de Damon Albarn: "(...) Toda mi campaña parte de la convicción de que esta es la guerra más estúpida de todos los tiempos. Y no me siento un estúpido por tratar de detenerla. Se supone que uno debería concentrarse en la música pero... El rock y el pop son enormes campos poblados de zombies. Y hoy todos somos cómplices de Bush y Saddam.
La guerra y el sexo son lo mismo: te dicen que es por la patria o por amor y al final es por petróleo o semen (...)"
Me siento insegura de comenzar un cuatrimestre nuevo porque veo lo que otros estudiantes hacen y piensan y creo que no estoy a la altura de mi carrera.

sábado 14 de marzo de 2009

¿Yo estoy más intolerante o la gente está más pelotuda?


De vuelta de las vacaciones -donde tuve tiempo de pensarlo y debatirlo en voz alta conmigo misma- vine con algunas decisiones. Una de ellas respondía a una cuenta pendiente desde hace rato y siempre postergo con excusas diferentes.
Miré la carrera para el título universitario (así de decidida), para hacerla en paralelo a la que siempre termino llamando "la mía", pero no me convenía (el tronco principal tiene contenidos casi iguales a la licenciatura en comunicación porque, de hecho, con dos años más en una universidad que -claro- no es la mía, se articula para hacer las dos).
Primero, porque es una habilidad, algo que se aprende y se lleva en el cuerpo, a donde vayas. Además, me quería anotar con mis mismos compañeros del año pasado en Taller III y me tuve que rendir democráticamente ante la opción Gráfica/TV, relegando radio (que ya tendrá su lugar, por afuera de los claustros académicos aunque sea, pero que con este avance, no molesta tanto).

Estas son las cosas que me hubiera gustado saber programar cuando empecé la facultad.

La cuestión es que hoy me inscribí y en unas semanas empezaré a cursar -además de la facultad- dos horas los sábados en Capital Federal, el curso de Locución y Técnicas Vocales en ETER.

Mucha expectativa, ojalá que me guste.

Después de unos dos años de idas y vueltas, pinté mi dormitorio.

Quedó muy bien: en dos tonos de verde, todavía con las paredes medio peladas (espero que no me lleve dos años más decidir qué pongo, porque espero no estar en esta casa para esa altura) y bastante más alivianada de objetos. Con los muebles de pino barnizados -medio amarillitos- no sé por qué, pero le veo un aire mexicano.
Pero las latas de pintura deberían venir con la advertencia de que es un trabajo que siempre resulta más difícil de lo que parece, y que uno va a querer abandonar cuando el entorno esté en un punto de no retorno.
Y que Trading Spaces solamente podría existir como programa de televisión (de hecho, nada indica que sea otra cosa): porque nadie en su sano juicio haría semejante laburo, encima confiando en lo que le va a hacer su vecino.

Johnny Cash at Folsom Prison

El fin de semana pasado Cinzano organizó In-Edit, un ciclo de documentales de rock, al que asistí invadida por el espíritu new year resolution de hacer cosas distintas.

Aunque no lo aproveché tanto como hubiera querido, no podía faltar a la función -con posterior trago de garrón y entrada a $10.-, era imposible decir que no- del sábado a la tarde, aunque para llegar a la sala tuve que atravesar una tormenta inesperada y un bajón de temperatura de 10º.

En fin, valió la incomodidad de la mini empapada y las ojotas chapoteando en las veredas de Barrio Norte, ante la mirada de los que esperaban que amaine abajo de algún techo y parecían no entender a dónde tenía que llegar con tal urgencia un sábado a la tarde, porque ví un documental sobre un tipo que me encanta: Johnny Cash.

Admito que me llegó por referencias: lo conocí por la biopic y después seguí averiguando sobre él y escuchando su música. Y muero por tener la biografía que menciona Nick Hornby en Alta Fidelidad como su libro preferido: Cash, que ni siquiera sé si está editada acá (ni cuánto me va a doler).

Pero lo aprendí a querer. Me parece una personalidad sensible, torturada. Tiene una voz que se quiebra y que me conmueve. Aún con los mejores estrategas de marketing, no es una figura amable -por su forma de ser, de actuar o mismo por el género de música que hace- para todo el público.
A mí, me fascina. Escucharlo me pone en contacto con sentimientos nobles, de gran humanidad. Le creo. Y, además, como pasa con los desconocidos que me caen bien, me interesa saber su historia.

El documental Johnny Cash at Folsom Prison cuenta la actuación en vivo -y grabación del disco que lleva ese nombre-, en una de las cárceles de máxima seguridad de California (cuentan, por ejemplo, que Folsom se construyó para albergar a los presos más peligrosos que sobraban en San Quintín). Cash se presenta ahí a mediados de los sesenta, en una situación sin precedentes, y por su estilo y por la explotación de lo que considera un sub-género musical (canciones sobre cárceles, habría que averiguarlo), es un éxito personal y de mercado.

En base a esa ocasión, de la película comienzan a desprenderse historias: sobre la misma persona de JC, sus dificultades con el alcohol, sus relaciones con los demás, la formación de su primer grupo, sus actividades políticas relacionadas al mejoramiento de la situación carcelaria. También se destaca el lazo frustrado -y frustrante- que entabla con uno de los presos, que escribía canciones -una de las cuales Cash se aprende la noche anterior al show e interpreta sin avisarle- y a quien trata de ayudar cuando cumple la condena. Y que termina mal, muy mal.

Para contarlo, además de los testimonios frente a cámara y del registro grabado de los temas y de entrevistas al cantante, se crearon mini-video clips y se disfrutan las fotos sacadas ese día por el fotógrafo que acompañó el evento (para más datos, un ex convicto).

Me da gusto escuchar la voz de una persona así, en todo sentido.

Videos


* Trailer del Documental Johnny Cash at Folsom Prison

* Cocaine Blues, sin imagen pero con el audio en vivo de 1968

* Folsom Prison Blues, en una grabación de 1959

* Y, finalmente, I Walk the Line en 1964


(Uno más)

Volviendo sobre algo que mencionaba en el post anterior, me di cuenta que aún sabiendo que peco de dogmática, soy de la idea de que toda discusión importante es, en el fondo, una discusión de valores.

(Dos más)

Hay algo que me resulta curioso también acerca del transtorno de personalidad bipolar: a uno no lo diagnostican "enfermo" en la fase maníaca como en la depresiva. Los consejos para los familiares y amigos de los pacientes es que los obliguen a buscar ayuda si los ven tirados en la cama durante días, pero no tanto si revientan todas las energías haciendo cosas o en actividades que normalmente se ven más como dispersión, entretenimiento, o uso efectivo del tiempo.
Puede que me esté yendo un poco al carajo, pero ¿no dice mucho de la sociedad que los diagnostica algo como eso?
Parece que uno de los puntos que caracterizan al blog como formato -que la periodicidad de las publicaciones sea a gusto, sin deadlines- a mí me termina jugando en contra: al sentir que no tengo nada que decir o que me pasaron muchas cosas y no sé por dónde empezar, en cualquiera de los dos casos, no escribo nada...



Desde hace algunos días me da vueltas en la cabeza el tema de la desigualdad. O mejor dicho, de la distribución desigual, de la falta de equilibrio. Lo desparejo parece ser la constante por lo menos en mi vida; el punto medio es una excepción que se desprecia por tibia y se ignora por considerársela una estación intermedia.

Me pasaba en el pico de lo que estalló como enfermedad y que, con poco o ningún sustento médico, me animo a decir que para mí es una condición, una característica de mi persona. Porque el tema con el transtorno de personalidad bipolar está más claro con el otro nombre: maníaco-depresiva. Justamente eso: no hay punto medio, es un extremo o el otro, siempre saltan de una melancolía demoledora a una efusividad sin límites. Y el problema no es que tengan todos esos sentimiento juntos, sino que aparezcan sin aviso uno después del otro.
Los períodos de "buen humor" o "mal humor" son, seguramente, los que quedan ahí más en evidencia, como resabios o como puntas del iceberg de aquellos años- según el ánimo con que los mire.

Pero ya no en el ojo de esa tormenta (que con su paso violento se llevó puestos recuerdos, detalles y, sobre todo, estrategias para comenzar a darme cuenta del momento ese, que pasa casi desapercibido y que le da click al otro extremo. En el orden que sea), la desigualdad sigue siendo la única constante en mi vida.

Recuerdo períodos de tiempo importantes en que me pasaba las tardes durmiendo, otros no tan distantes de agenda completa en las que llegaba a casa después de catorce horas afuera sin más que un yogur en el cuerpo, noches sin dormir por motivos menos glamorosos que los que nos venden las estrellas de rock; mucha gente, nada de gente. Me puedo sentir amada o muy sola, nunca algo intermedio. Quiero pasar completamente desapercibida o quiero ser el centro de atención y me muero si no es así. En meses me deshice -yo sola- de unos veinte kilos, de golpe. Frecuentaba gente que me decía, sin ironía, que a pesar de haber estado compartiendo un espacio conmigo por años, no me conocían la voz. Mentí mucho, sobre cualquier cosa, después me quedé callada, un poco más adelante me acerco a decir lo que me parece -el pensamiento de escalera se hace menos recurrente y se da, sobre todo, cuando quiero pensar mucho una respuesta sencilla-, aún con la posibilidad de desubicarme. Silencio. Gritos. Sensibilidad extrema, desamparo, contención, etapas enteras comfortably numb y de numb sólo. Y así...

Ahora, por ejemplo, después de varios meses de casi aislamiento afectivo - a falta de una palabra más triste y menos adecuada-, estoy encontrándome con situaciones que por su intensidad o por lo juntas que llegaron en el tiempo, me toman por sorpresa, me desestructuran, me desafían.

Todavía no estoy segura si podemos hablar de que estoy obedeciendo al deseo (aunque sea, al deseo de intentar cosas nuevas o que creía olvidadas), pero seguro que algo de eso hay.

Pero no es sólo esto. Miro cualquier situación y las mejores cosas no están bien repartidas: las oportunidades -desde el sentido más técnico de la sociología, la economía, las estadísticas, hasta el concepto de la suerte, de esa gente a quien siempre se le presenta una buena oferta. Claramente, los valores no están bien repartidos

La Belleza está significativamente mal repartida; aún en una misma persona, en diferentes momentos de su vida. El sentido del humor. La inteligencia. La capacidad de relacionarse con los demás. El autoestima; por supuesto. El talento. La Suete. Y, como decía, los momentos en que no pasa nada o pasa de todo. Lo que uno da y lo que recibe.
Ni siquiera los climas ya están bien repartidos... y así podría seguir al infinito, porque todo lo que veo me suena inusto, parcial -aún si gano yo en esa diferencia.

Sé que de todo esto surge la variedad de las personas, la diversidad -extrayendo esta palabra de su uso vulgar, político-, pero simplemente pasa que a veces uno cae en la cuenta que hay algunos a quienes les sirvieron de más de varios de los anteriores. Y para una persona como yo, que enfrenta una batalla permanente con la envidia (también acordándome de esa frase que tanto sentido tiene y que dice que la envidia es como si uno tomara veneno y esperara que el otro se muriera), en un mal día, son golpes abajo del cinturón.

Viendo que me fui para cualquier lado, y para que no se me olvide, apuro la conclusión de que, quizás, y a contramano de lo que nos quieren enseñar, el buen equilibrio, el punto justo puede no ser un lugar a donde se deba peregrinar necesariamente. Puede no ser lo correcto. Y esto implicaría repensar muchas cosas en mi estructura, que se orienta o por lo menos eso trato, hacia lo correcto.
Pienso, de repente, que debería alcanzar el tiempo para todo, pero distribuido de la manera en que más placer nos de. Que eso sería hacer lo correcto.

jueves 5 de marzo de 2009


Nunca como estos días tuvo tanta razón aquella frase que dice...

miércoles 4 de marzo de 2009

WTF?!

Me estoy empezando a preocupar.
Ayer, a la noche ("noche", bah, las cuatro horitas que me logro acostar antes de ir a trabajar a la mañana) tuve un sueño en el cual empezaba este cuatrimestre y me daba cuenta que había calculado mal los horarios y en lugar de tener tres horas para hacer tiempo entre materias, tenía dos. Afortunadamente, la facultad quedaba a un par de cuadras de casa (no a la hora y pico que realmente está), más o menos donde está mi ex-secundaria.
Hasta ahí iba todo bien. Pero, después, entro a una clase y el profesor -atención- era Baby Etchecopar. No conforme con esto, al lado había una flogger, que hacía de ayudante de cátedra, y que se la pasaba enredándose el pelo y demorando la clase discutiendo todo.

No contenta con el nivel de absurdo del turno-noche, esta tarde me recosté a hacer una siesta un par de horas (por supuesto, porque con las cuatro horas de cada noche estaría muerta hace rato). Dos horas me alcanzaron para visualizarme invitada imprevistamente a ver la obra de teatro Hairspray, a donde iba vestida con corpiño y pollera de tiro alto (¿por qué?). Lo más grave era que no sólo me tocaba un lugar atrás de una columna -casi todo el teatro estaba atravesado por columnas-, sino que en el escenario los personajes no eran actores sino muñecotes como los backyardigans, que cantaban y bailaban en unos trajes gigantes.
Y, encima, me veía obligada a irme antes con los desconocidos que me habían invitado (sí: inventé gente y la puse en mi sueño, how fucking weird is that?!) y eso medio como que me entristecía.


De verdad. Lo leo escrito y un poquito me preocupa.

lunes 2 de marzo de 2009


Una verdad de la vida.