martes 28 de julio de 2009
viernes 24 de julio de 2009
miércoles 15 de julio de 2009
"(...) Los pensamientos y las preocupaciones son un componente fundamental del insomnio. El problema que plantea el control de los pensamientos es, que cuanto más tratamos de evitar pensar en ellos más se nos imponen. Por ello es fundamental determinar que tipo de pensamientos intrusivos surgen a la hora de dormir y establecer las estrategias adecuadas para evitarlos, generando de esta forma una desactivación cognitiva. (...)"
domingo 12 de julio de 2009
miércoles 8 de julio de 2009
Pasado el deslumbramiento inicial, la espontaneidad efusiva, la culpa posterior, la angustia constante, la tranquilidad inesperada, la fascinación adolescente; atravesada la distancia desde los recuerdos, superadas todas las palabras, masticados los celos, escupido el capricho, moderada la inseguridad, oídos y desechados los consejos de los demás, ignorados los malos augurios, minimizada la inseguridad al máximo posible; pasando la espera desmoralizante por lo que puede no llegar nunca.
Me hizo falta pasar todo eso para darme cuenta que quiero estar con él, que lo quiero cerca. Que con todo lo anterior puedo lidiar, pero a cambio lo quiero conmigo.
No quiero vivir más mis no-relaciones en la obsesión solitaria del Google, en el pudor falseado de lo que nunca fui, en el dolor de no pedir y a cambio nunca recibir. Por primera vez, no quiero tener más la última palabra. No me importa. Porque, en cambio, quiero su palabra. El silencio hace que el tiempo no pase.
Me lleva demasiado tiempo darme cuenta de las cosas.
Y ahora es tarde.
No sé por qué, pero no puedo llorar.
Y ganas no me faltan.

LLORAR A LÁGRIMA VIVA...
de Oliverio Girondo
Llorar a lágrima viva.
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma, la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando.
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo...
si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría.
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
Y ganas no me faltan.

LLORAR A LÁGRIMA VIVA...
de Oliverio Girondo
Llorar a lágrima viva.
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma, la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando.
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo...
si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría.
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
lunes 6 de julio de 2009
Estás viva, ¿y qué?

Ayer a la noche soñé que me disparaban. Más perturbador todavía: soñé que me disparaban y me salvaba. Era más o menos así. Estaba escondida atrás de una puerta. Oía el disparo. Sabía que me habían disparado, con esa seguridad de la que solo se confía en los sueños. Miraba la puerta, escuchaba la bala atravesar el costado de la cerradura. Hacer clinck cuando rozaba el bronce. Y después, restaba mirarme a la altura del estómago (a la altura donde no hay muchas opciones de salvarte si te da). No encontrar el hueco, ni la sangre. No sentir el ardor. Mirar al piso y encontrar el casquillo de la bala a mis pies, todavía tibio.
Me habían disparado. Me había salvado.
Recordé toda esta escena, de menos de un minuto, a la tarde, horas después de haberme despertado, mientras me hacía un té y pensaba en cualquier otra cosa. Me sentí en la obligación de dedicarle, por lo menos, el esfuerzo de hacer la recorrida por los lugares lógicos de los que podría haberse alimentado mi inconsciente. Hago un repaso rápido, como una lista. Acabo de terminar de leer Gomorra (entre paréntesis: gran libro). Veo todo el tiempo películas y series de gangsters, con revólveres, disparos de artillería de Hollywood, pero hace tiempo que sabemos que no es esto lo que hace violentos a los niños, ni escuchar Marilyn Manson ni Nancy Sinatra. Mi papá fue asaltado hace un par de semanas; hace unos días me dijo que había dejado que le gatillen en la cabeza para evitar que los ladrones vinieran a mi casa. La mayoría de los sábados se escuchan ruidos desde la avenida, y siempre queda la duda de si eso que revienta inesperadamente son los caños de escape, o los festejos del campeón del clausura o qué.
Pero ninguna de esas explicaciones me conformaba; no del todo, por lo menos.
En el nivel siguiente ("el de la metáfora"), sí siento que hay alguien que me está hiriendo de muerte. O que me marcó de muerte y no me estoy dando cuenta. O pienso en todas las posibilidades de que me muriera que hubo hasta ahora, todas fallidas (por algo no me asusta una epidemia ni mucho menos, en alguna parte sé que si me escapé de situaciones física y mentalmente más comprometidas, me cuesta pensar que me vaya a ir del otro lado por una gripe...)
Si fuera optimista, diría que el hecho de soñar que zafás a algo que a otro le cuesta la vida, no es mala señal.
Si fuera un poco más paranoica de lo que soy -o ya la falta de medicación calara hondo como para empezar con el delirio de grandeza-, diría que para algo me quieren viva, salvada, a pesar de todas las veces en las que me pude morir.
Ninguno de los extremos, y eso es lo que más miedo me da. Me disparan, me salvo, y sigo acá. Pero al día siguiente, no agarro una mochila y me voy a recorrer el mundo, o invento la vacuna para el cáncer, o escribo el mejor cuento de la historia de la humanidad, o descubro en mí un talento extraordinario, o me voy a restaurar monumentos.
Nada de eso. Me levanto, voy a trabajar, al gimnasio, a la facultad. Sigo acá. ¿Y eso cómo carajo se llama? No sé por qué me vuelve a la mente una frase que me estuvo acechando toda la semana: "Dejarás de temer cuando dejes de esperar"
¿Qué más estaré esperando?
"Racionalizás demasiado", me dice la nueva psicóloga, por un motivo diferente en cada sesión.
¿Era necesario que a la gente le pusieran la palabra "pandemia" adelante para que hicieran cosas básicas, como lavarse las manos cuando llegan de la calle o no escupirle en la cara a otros cristianos?

Por otro lado, las sugerencias de aislarse, no saludar a la gente con un beso, que cierren los shoppings o evitar lugares repletos de gente (sobre todo, apestada en invierno) son las mejores que escuché en mucho tiempo.
Y la gripe no tiene nada que ver.

Por otro lado, las sugerencias de aislarse, no saludar a la gente con un beso, que cierren los shoppings o evitar lugares repletos de gente (sobre todo, apestada en invierno) son las mejores que escuché en mucho tiempo.
Y la gripe no tiene nada que ver.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









